Capítulo IV. El hombre gato
Los Márquez guardan hasta los dientes que hallaron al construir su casa, aquí donde el ejército asesinó a mil personas -la mayoría niños- hoy hace 30 años. Y mientras el Estado sigue negando justicia, El Mozote sigue negándose a convertirse en cicatriz.
Daniel Valencia Caravantes / Fotos: Bernat Camps
Publicado el 12 de diciembre de 2011

El hombre gato bajó de una cumbre, se metió al caserío y cruzó entre dos casas y no se dejó escuchar. Quizá le ayudó el hecho de que era pequeño el hombre gato. Pequeño y sigiloso. Quizá le ayudó también que era de noche. De todos los hombres que estaban esa noche en el caserío, él era el único que no era soldado. 

Antes de aventarse al llano que lo separaba de su casa,  y del patio de su casa, el hombre gato se acurrucó en la esquina de una pared y olfateó hacia todos lados. También miró hacia arriba y hacia abajo, a un lado y al otro. ¡Tas! Ya estaba el hombre gato más cerca de su casa, arrastrándose entre unos matorrales. 

Pero tuvo que detenerse y pensársela bien, antes de intentar otro movimiento veloz. En la casa no se escuchaba ninguna bulla, y había demasiados soldados cerca, como para arriesgarse por la puerta. Lo mejor era bordear, buscar el patio de su casa por una vía más alejada del llano. En esas estaba, cavilando, cuando sintió un golpe en la nuca. “¡Ya me agarraron!”, pensó el hombre gato. 

El susto se le pasó cuando se dio cuenta de que un perro vagabundo le había quitado una de sus nueve vidas.

—¡Diomecuarde! Yo me asusté, pego el salto para atrás y el perro hijueputa, hubiera visto… 

El hombre gato, después del susto, logró llegar a la fosa que tanto andaba buscando. Él había ayudado a cavarla, por recomendación de los compas, que habían aconsejado eso a los habitantes del cantón La Joya para que se protegieran de los bombardeos. Al hombre gato le habían ayudado, además, sus dos hijos mayores, Santos y José, que para esa fecha ya eran unos prominentes guerrilleros.

 -Llego yo, a gatas, para dicha fosa, y andaba un foco (una linterna). Me puse embrocado, en la orilla, y vide…

En la fosa había una docena de cuerpos apilados. El cuerpo que estaba encima de todos era el de una niña que dormía, acurrucadita, encima de los muertos.

El hombre gato estuvo tentado a pararse, como hombre, para que alguien lo viera y lo arrojara junto a esos cuerpos. El hombre gato, lo que más quería en la vida era estar con esos muertos.

 No dejó de pensar eso sino hasta cuando se acordó de que en el Cerro Brujo, a tres kilómetros de distancia, había dos niños, agazapados, que lo estaban esperando. Así que retrocedió, de nuevo a gatas, hasta que logró encaramarse en un cerro, mientras dejaba el caserío que a sus espaldas terminaba de extinguirse en llamas.

***

Sotero Guevara hoy tiene 73 años y vive en la comunidad Quebracho junto a su segunda esposa.
Sotero Guevara hoy tiene 73 años y vive en la comunidad Quebracho junto a su segunda esposa.

Sotero Guevara salió de la cueva en donde se refugiaba en el río La Joya y llegó a la cima del Cerro El Brujo a las 6 de la tarde del 11 de diciembre de 1981. A esa hora había quedado de juntarse ahí, en ese escondite, con su esposa. 

Sotero Guevara se había despedido de Petronila a las 3 de la madrugada. Agarró camino para las cuevas junto a sus dos hijos varones,  Anastasio y Lucas; y ella se quedó, junto a Catalina, la hija menor de ambos, para echar tortillas, para que en el monte no les agarrara el hambre. Se suponía que Petronila saldría del cantón La Joya inmediatamente después, pero los soldados frustraron sus planes. A las 8 de la mañana, La Joya ya había sido tomada.

Un día antes del inicio de las masacres, una docena de helicópteros volaron encima del cantón La Joya y descargaron soldados en las cumbres de Quebracho y Arada Vieja. Desde esas cumbres, los soldados atacaron y lograron destruir algunas casas. Era un blanco fácil todo allá abajo de esos imponentes cerros que lo cercan todo en los cuatro puntos cardinales. Por su geografía, La Joya es un sumidero, y por eso todos huían hacia las quebradas o hacia los cerros para ocultarse entre el follaje o las vaguadas.  

Ese 10 de diciembre, hubo otra mujer que también se despidió de su marido creyendo que podría librarla fácil. Era Rosa Ramírez, la esposa de Pedro Chicas, un hombre alto, grueso y blanco, uno de los líderes del cantón La Joya. “¡Que Dios te ampare entonces, mujer!”, le dijo Pedro Chicas a Rosa, quien se equivocó al creerle a un tío cuando este le dijo que no pasaría nada. Pedro Chicas se fue ese 10 de diciembre a una cueva escondida en el río, y Rosa, que esquivó durante horas a las balas y las bombas, se arrepintió de no haberle hecho caso a su marido. Rosa logró huir hasta muchas horas después de que cesaran las primeras bombas y tronazones, en la madrugada del 11 de diciembre.

Rosa también subió el cerro El Brujo y ahí se juntó con otras familias más,  y con Sotero Guevara, que desesperado preguntaba por su mujer y su hija. Rosa Ramírez le dijo que no las había visto, y eso bastó para que Sotero le dejara a Anastasio y Lucas, porque él se regresaría a La Joya por la mujer y la hija que se le habían quedado. 

Sotero Guevara hoy es un viejo infinitamente pequeño y delgado. Está lleno de arrugas y da la impresión de que si se le toca muy fuerte, podría quebrarse. Hace 30 años era igual de pequeño, pero su cuerpo no estaba tan marchito. Era ágil, tan ágil como para moverse como la guerra le había enseñado: a gatas.

Aquella noche, hace 30 años, todos le advirtieron que no fuera loco, que si se iba solo sería para ir a fracasar, como habían fracasado ya muchos otros. Los familiares de Sotero que no lograron salir fueron nueve, los de Pedro Chicas fueron 13. Se lo dijeron, que podía fracasar, pero Sotero no entendió razones. Bajó del cerro y en tres horas ya se había puesto en el caserío, que ahora estaba oscuro, silencioso e infestado de soldados. 

En una fosa encontró Sotero Guevara a su familia: a Petronila y Catalina, a su hermana Justa, a su sobrina Jacinta y a los hijos de esta: Roque, de 5 años, y María, de seis. 

Al siguiente día, Sotero Guevara esperó la noche, la del 12 de diciembre, para convertirse en gato de nuevo. De nuevo le advirtieron y de nuevo regresó a la fosa, se acercó al borde, encendió su lámpara y contempló a sus familiares. 

Esa noche Catalina estaba desnuda bajo la luz de la luna. Las llamas la habían dejado limpita. 

—Es que yo no hallaba fundamento. Yo quería estar allí con los muertos. Para qué le voy a mentir… allí quería estar –dice Sotero Guevara.

Cuando regresó al cerro El Brujo, le contó al resto de refugiados que en La Joya ya no quedaba nada, que lo habían arrasado y quemado todo. El grupo, entonces, decidió separarse. Hubo unos que se fueron con Rosa Ramírez y los familiares de Pedro Chicas, en dirección a unos descampados en donde podían encontrar ranchos abandonados. Otras familias tomaron otras direcciones y Sotero Guevara decidió quedarse, con sus hijos, cerca de La Joya. 

A los ocho días, la familia de Pedro Chicas, con Pedro Chicas incluido, se reencontró con Sotero Guevara en el llano de La Joya. Mientras enterraban a los muertos que podían, le contaron que habían sobrevivido en los descampados del El Rincón, pero que unas patrullas los habían corrido hasta Jocote Amarillo, donde descubrieron que también había ocurrido otra desgracia. 

Y esa, de la que hablaba la familia de Pedro Chicas, fue en la que por poco asesinan a toda la familia de Juan Bautista.