Capítulo VI. Los reencuentros
Los Márquez guardan hasta los dientes que hallaron al construir su casa, aquí donde el ejército asesinó a mil personas -la mayoría niños- hoy hace 30 años. Y mientras el Estado sigue negando justicia, El Mozote sigue negándose a convertirse en cicatriz.
Daniel Valencia Caravantes / Fotos: Bernat Camps
Publicado el 12 de diciembre de 2011
A los dueños de esos huesos, en vida, Juan Bautista los visitaba para comprarles cuajadas y azúcar, hace más de 30 años.
A los dueños de esos huesos, en vida, Juan Bautista los visitaba para comprarles cuajadas y azúcar, hace más de 30 años.

La mujer sigue sacando huesos. Tantos que da pena. Ya no caben en la silla, pero ella los sigue sacando. “A mis hijos les daba miedo al principio”, dice. Uno de sus invitados, que desde hace varios minutos se ha quedado hipnotizado, reacciona cuando escucha la palabra miedo.  “No, no hay que tenerles miedo”, corrige. 

Míriam Núñez, entonces, le cuenta una infidencia.

—Mire: a mí no me dieron miedo, pero me impresionó al principio encontrar tanto hueserío. Pasé enferma como cuatro meses, con fiebres y calenturas. Pregúntele a mi esposo. Él se puso malo también.

—¡Es que no es así no más! -dice Juan Bautista, reflexivo.

—¡Yo me impacté tanto! Ni creía. Mi esposo me había contado, había leído el libro, pero como uno lee libros de historias… Y ahora ya no es cuento porque ahora es la propia realidad.  

Míriam sigue sacando huesos. Juan Bautista se desahoga:

—Y aún así la gente no cree… Es tan dura la gente, usted…

Míriam saca un zapato de niña, tierroso, y se le queda viendo.

—¡Imagínese! ¿Cuántos años tiene todo esto y no se ha destruido por completo? 30 años parece, ¿vedá? 

Míriam, entonces, decide que tiene que contarnos cómo fue la masacre en El Mozote.

—Estos huesos están aquí porque a la mayoría los quemaron ahí en lo que es ahora la plaza. Ahí hicieron fila: a las que eran mujeres aparte, y hombres aparte. Ahí en esa iglesia encerraron a unos ancianos y ancianas. A esos los mataron adentro. Y todos los que estaban haciendo fila afuera los mataron afuera. Y de ahí los recogieron todos juntos y les dieron fuego. Y aparte de eso a los niños los habían metido en la casa de…. ¿cómo se llama este señor? … 

Míriam busca apoyo en Juan Bautista, pero Juan Bautista no interviene porque Míriam recuerda el nombre del hombre que hace 30 años esparció un rumor, que viajó por las montañas de Morazán, para que a El Mozote llegaran cientos de campesinos a refugiarse. Entre estos Juan Bautista.

—¿Comó se llama este señor …? ¡Marcos Díaz! Yo no soy de aquí, pero he leído el libro, le estoy diciendo lo que he leído y no me estoy inventado nada. Ahí habían encerrado a los niños. Y la señora que quedó de sobreviviente, que se llamaba Rufina Amaya, ella escuchaba los gritos de los niños. ¡Mamá, nos están quemando! ¡Mamá, nos quieren matar! Entonces en esa casa de Marcos Díaz encerraron solo niños. Y a los adultos los mataron en el parque, en el llano… Eso es todo lo que le puedo decir.

Juan Bautista guarda silencio, satisfecho. Míriam Núñez ha hecho un buen extracto del relato que él  ya había escuchado, completo,  21 años atrás, cuando se reencontró con Rufina Amaya.

***

Es el 30 de octubre de 1990. En los pasillos de los tribunales de San Francisco Gotera, cabecera del departamento de Morazán, dos campesinos están sentados y están nerviosos. Ambos saben que todo puede acabar aquí,  adentro de una casa con paredes blancas. Pero también todo puede comenzar. Y esa pequeña posibilidad los anima a estar ahí, y es más fuerte que el miedo que les provoca estar ahí. La guerra todavía no ha terminado y el ejército sigue teniendo demasiado poder.  

Los campesinos estaban animados también porque ya uno de ellos, antes que ellos, sí se atrevió a poner la denuncia, a sabiendas de que el viaje podía ser peligroso. Todo eso lo habían deliberado ellos, junto a sus abogados, cuando se reencontraron, nueve años después de haber huido de esas tierras arrasadas, en los reasentamientos del norte de Morazán, ubicados a las orillas de una calle que hoy siguen llamando calle negra.

Tras las masacres, los civiles que huyeron de la guerra y la gran mayoría de los sobrevivientes terminaron refugiados en unos campamentos ubicados en Colomoncagua, Honduras, hasta que en 1989, gracias a la presión internacional, retornaron a Morazán, que para los últimos años de la guerra, fue una zona controlada por la guerrilla. 

Antes de poner la denuncia, los campesinos se reunieron junto a sus abogados en la clandestinidad. Las últimas reuniones ocurrieron en una casa de unas monjas católicas, en la cabecera del departamento. Ahí acordaron todos que había que interpretar roles. Uno pondría la denuncia y otros dos serían los testigos. Uno de estos contaría el resultado de varias masacres, la otra, la testigo principal, diría cómo había sobrevivido y cómo es que había visto, casi de manera completa, la masacre en el caserío El Mozote.

Entonces Pedro Chicas, un hombre blanco, alto y determinado, otrora líder de un cantón llamado La Joya, llegó a decir a ese juzgado: “Mi nombre es Pedro Chicas y vengo a poner una denuncia…”.

Cuatro días después fue el turno para Juan Bautista Márquez y Rufina Amaya.

El relato de Rufina se robó los silencios del juez y de la auxiliar del juez. Se robó también algunas lágrimas de Juan Bautista, quien ya lo había escuchado antes, pero que entonces sintió como que aquella fuera la primera vez. 

Rufina Amaya en la puerta del juzgado de San Francisco Gotera, Morazán, tras la presentación de la denuncia judicial contra los mandos del Batallón Atlacatal. Octubre de 1990.
Rufina Amaya en la puerta del juzgado de San Francisco Gotera, Morazán, tras la presentación de la denuncia judicial contra los mandos del Batallón Atlacatal. Octubre de 1990.

***

Para 1990, las masacres de El Mozote seguían siendo ocultadas por los gobiernos de El Salvador y Estados Unidos. 

La primera denuncia ocurrió el 27 de enero de 1982, cuando muy lejos de El Salvador, The New York Times y The Washington Post dijeron -de manera simultánea- que en el departamento de Morazán, cientos de campesinos habían sido masacrados por el ejército salvadoreño, según denunciaba un grupo de sobrevivientes, entre ellos, Rufina Amaya, la única sobreviviente del caserío El Mozote. 

El primer funcionario salvadoreño en negar la masacre fue el entonces embajador de El Salvador en Estados Unidos, Ernesto Rivas Gallont. “Rechazo enfáticamente la afirmación de que el ejército salvadoreño haya matado mujeres y niños. Este tipo de actuación no está de acuerdo con la filosofía de las instituciones armadas”.

En Estados Unidos, luego de las publicaciones, a los dos autores de las notas los acusaron de inventar las historias con el interés de favorecer a la guerrilla salvadoreña. En ciernes estaba la aprobación del Congreso estadounidense para incrementar la ayuda militar a El Salvador.

Aunque al público el gobierno de Estados Unidos negaba las masacres, en enero de 1981 varios cables diplomáticos entre San Salvador y Washington ya planteaban lo contrario.  Esos cables, ahora desclasificados, muestran cómo la información que el entonces embajador de Estados Unidos, Deane Hinton, transmitía a Washington, fue en escalada progresiva. “No se puede probar ni descartar la violencia contra civiles. La guerrilla no hizo nada para desalojar la zona. Civiles murieron durante la Operación Rescate pero no hay evidencias de que fueran masacrados por el ejército de El Salvador. El número de civiles muertos no se acerca ni por asomo al número descrito por otros reportes internacionales”, decía en un primer cable, en enero de 1981.

Luego, en otro memorando, ya ofrecía una versión de lo que pudo haber ocurrido: “La población estimada del Mozote durante la masacre era de unos 300 habitantes. Batallón Atlacatl condujo la operación rescate del 6 de diciembre al 17 de 1981. La guerrilla conocía la existencia de la operación desde el 15 de noviembre. Los civiles que estuvieron presentes durante la operación y las batallas con la guerrilla podrían haber resultado muertos”.

Antes de que el Times y el Post informaran al mundo de las masacres, a El Salvador, solo la clandestina Radio Venceremos, voz de la guerrilla, la contó.

En la segunda mitad de diciembre del 81, los periódicos de El Salvador solo reportaron lo que informaba el ejército salvadoreño.

La Prensa Gráfica, 10 de diciembre de 1981. (…) Felicidad. Miles de campesinos acuden a saludar a las tropas que están llegando a las zonas que durante varios meses han sido amenazados por los grupos extremistas.

La Prensa Gráfica, 19 de diciembre de 1981.  (…) La Fuerza Armada ha considerado como exitosa la Operación Rescate, tanto en el aspecto militar como en el social, ya que miles de campesinos que huyeron del terror que habían implantado los extremistas están regresando paulatinamente a sus terrenos o casas, para rehacer su vida.

Diario Latino, 30 de diciembre de 1981. (…) Afirman que los grupos terroristas han dejado de funcionar con la que lo venían haciendo desde hace algunos días, debido a que se la ha causado una considerable cantidad de bajas entre sus militantes.

Para cuando Pedro Chicas, Rufina Amaya y Juan Bautista pusieron la denuncia, nueve años más tarde, la masacre de El Mozote seguía sin existir. El juez de la causa, Federico Portillo, quería que siguiera sin existir. Los fiscales del caso querían que siguiera sin existir. Sin embargo, dos años después, todo cambiaría, cuando los sobrevivientes se reencontraron, por primera vez, con los huesos de todas sus víctimas. 

***

Las inspecciones fueron más rápidas de lo que debieron haber sido. 

Rufina Amaya descubrió los huesos de El Mozote el 27 de mayo de 1992. Lo que había contado era cierto. Que los soldados habían asesinado a cientos de niños era cierto. Que habían violado y asesinado a las mujeres más jóvenes en el cerro La Cruz era cierto. Que habían metido ancianos y ancianas en el convento, adonde los masacraron, era cierto. Que habían matado a su marido y a sus cuatro niños era cierto. Cristino, el mayor de esa camada, tenía nueve años; María Isabel, la menor, ocho meses.

Todo lo que Rufina Amaya gritó, muchos años antes, cuando el mundo le dio la espalda, era cierto.

Semanas más tarde, un hombre esperó ansioso a que unos forenses argentinos desenterraran a los suyos. Mientras lo hacían, en su cabeza navegaba el recuerdo de cuando se arrastró, a gatas, para ver cómo habían fracasado sus familiares.Cuando uno de los forenses sustrajo del agujero una muñequita, Sotero Guevara sintió como si esa muñequita fuera Catalina, su hija, el cuerpo que él alumbró con una lámpara durante las noches del 11 y 12 de diciembre de 1981. “Era colochita, bien bonita la  muñequita. Me había costado cincuenta centavos. Cuando la vi… ¡Ay Dios! Entonces sí me quebré, mire. Le dije: con su permiso, pero yo me voy a retirar a meditar… y me fui por ahí, a esconderme detrás de un palo”.

En esa exhumación también participó Pedro Chicas, que enseñó dónde estaban sus muertos. Luego dijo que podía enseñar más enterramientos, pero el juez del caso se enojó, ya no quería ver más restos, y lo suspendió todo a las 3:30 de la tarde. 

Antonio Pereira se reencontró con los suyos dos meses después, y de nuevo sintió aquel nudo que alguna vez le apretó el pecho, más fuerte, más fuerte, más fuerte, cuando recordó la última vez que vio a su mujer y sus hijos, cuando marchaban, con el pelotón apuntándole sus cañones,  hacia la casa donde vivía la familia de un hombre ciego.

Los números 1, 2 y 3 hacen referencia a los primeros tres cadáveres que pudo rescatar el Equipo Argentino de Antropología Forense en El Mozote. Mayo de 1992.
Los números 1, 2 y 3 hacen referencia a los primeros tres cadáveres que pudo rescatar el Equipo Argentino de Antropología Forense en El Mozote. Mayo de 1992.

***

Las masacres de inicios de diciembre de 1981 se extendieron en un radio tan amplio que llegaron hasta una cueva del Cerro Ortiz, en donde se refugiaron algunos sobrevivientes, hasta que los soldados los ubicaron y les lanzaron granadas. Los soldados también llegaron hasta Cerro Pando, el día 13, y ahí acabaron con una comunidad, compuesta en su gran mayoría de familias evangélicas, que se resguardaron adentro de un templo, donde oraban, pidiéndole a Dios que las salvara.

Pero Dios no atendió los ruegos y ahí dejó, que se murieran, orando, mientras los soldados les disparaban. 

En las inspecciones y exhumaciones que se realizaron entre 1992 y 1993, a identificar esa masacre llegaron otros sobrevivientes, a los que Juan Bautista conoció mejor en la repatriación de 1989.  

Pero las masacres se extendieron en un radio tan amplio, que muchos sobrevivientes nunca han sido escuchados, porque nadie supo de ellos antes o después del paso del ejército por la zona.

Ese es el caso de Anatolio Argueta, un hombre que cuando niño, a los 11 años, se quedó solo en el mundo, porque el ejército le mató a todo: tíos, primos, hermanos, hermanas, sobrinos, abuelos, padres… A 50 parientes le mataron.

Anatolio solo se salvó porque fue un mal hijo, que desobedeció a su padre y se fue con unos primos a ver qué era eso de las escuelas de menores que los guerrilleros estaban inaugurando en unos montes alejados del cantón. Tres días después masacraron a su familia, y hasta muchos días después le llegó a él la noticia.

Lo que más le impresionó a Anatolio cuando regresó a su caserío fue que los zopilotes y los perros habían devorado casi todos los cuerpos. “Solo una niña estaba enterita, porque la mataron en una hamaca, y ahí no la alcanzaban los animales”. 

A partir de ese día, Anatolio Argueta se hizo dos promesas: que entonces sí se haría guerrillero, para buscar justicia en la venganza, y que nunca más pondría un pie en la que era su casa. La segunda no la cumplió, porque en un tablón donde antes estaba su casa nos cuenta su historia, 30 años después. La primera tampoco la cumplió porque cuando en la guerra entendió que se estaban matando entre hermanos la venganza ya no tenía sentido.

Por eso, Anatolio Argueta, ahora pide justicia para él y sus familiares.

En ese mismo cantón, Domingo Tobar, un ex soldado que meses antes de las masacres se había convertido en guerrillero, también perdió a su familia. A su mujer, a sus hijos, a sus padres y hermanos. Todo eso le duele a Domingo Tobar, pero lo que más le duele es que 30 años después, sigue sin saber qué le pasó a su bebé de nueve meses. Porque de la bebé no encontró rastros, y eso, ignorar si está viva o está muerta, lo sigue torturando 30 años después… Domingo Tobar sigue buscando el rastro de lo que podría ser un fantasma.

El ejército aniquiló a casi todos los habitantes del caserío Los Argueta, en el cantón Cerro Pando. Cuando Anatolio Argueta buscó a sus víctimas solo encontró a una niña 'secándose' en una hamaca, porque el resto de cuerpos 'habían sido devorados por los
El ejército aniquiló a casi todos los habitantes del caserío Los Argueta, en el cantón Cerro Pando. Cuando Anatolio Argueta buscó a sus víctimas solo encontró a una niña 'secándose' en una hamaca, porque el resto de cuerpos 'habían sido devorados por los animales'

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Durante las inspecciones, Juan Bautista también recorrió de nuevo el camino que lo llevó hasta Jocote Amarillo, donde casi muere, por desprevenido, junto a toda su familia,  en la mañana del 13 de diciembre de 1981. En los días de las inspecciones, en 1992, Juan Bautista también guió otra expedición. 

11 años atrás, después de que intentó sin éxito identificar los restos que había en el terreno de la familia Márquez, en las afueras de El Mozote, cerca de un árbol de manzano, Juan Bautista se topó con un guerrillero que custodiaba la zona. El guerrillero estaba al pie del cerro La Cruz. 

Armado, le cercó el paso y le dijo que se retirara, que no iba a dejarlo entrar al caserío, porque era demasiado lo que había ahí, y aunque quisiera, no lo iba a poder soportar.

Juan Bautista, aunque enojado, no tuvo más remedio que aceptar, porque cuando intentó acercarse al terreno de la familia Márquez no soportó la hedentina.

Entonces se le ocurrió que su familia podía haber fracasado en Ranchería, otro caserío cercano a El Mozote, donde de haber huido antes de la masacre, pudo haberse refugiado su mamá. 

11 años después, en los días de las inspecciones, Juan Bautista reencontró en Ranchería a sus 19 cadáveres, tal cual y adonde los había dejado la primera vez.